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lunes, 30 de diciembre de 2024

se me olvidó el amor...

 

Terminamos el año. El frío de la tarde que cae no es, precisamente, la que nos deja helado el aliento. Estamos en Usera, el barrio donde esta madrugada ha sido asesinada una muchacha de 29 años. Cuando las ideologías, las noticias o las negaciones cobran rostro, lugar, contexto, familiaridad… el horror es aún, si cabe, mayor.

Quiero agarrarme a la esperanza, pero seguramente este año -me temo que el primero de ellos- será la salida de esa carrera necesaria para que, precisamente, el creer en la humanidad siga siendo posible.

Hay tanta violencia a nuestro alrededor que el villancico que estos días hemos entonado se queda trasnochado, caducado: “noche de paz, noche de amor…”.
Las amigas de esta joven asesinada no eran capaces de articular palabra. Cuando el dolor es inmenso sólo las lágrimas parecen hacerse hueco en la existencia humana. Quienes nos encontramos en ese pequeño gesto solidario chillamos -ya está bien de silencio, nos animan desde quien convoca-, y van surgiendo lemas contra el patriarcado, contra las Administraciones que -más allá de leyes- no proveen recursos de acogida…
Este año 2024 que finalizamos ha soportado más de 40 mujeres asesinadas por violencia machista. Miles de hermanos en la ruta canaria. Más de 40000 asesinados en el genocidio palestino… como canta Vicente Feliu: “se me olvidó el amor…”
Pues deseo un 2025 donde los trastornos no nos hagan olvidar lo fundamental: el AMOR”.

lunes, 18 de mayo de 2015

camino al Salvador...

Por coincidencias de la vida, y privilegiado por las amigas y conocidos con los que uno va transitando este mundo, en un rato pongo rumbo a San Salvador. La excusa es la beatificación de Monseñor Romero. Querrán decir recuerdo, ya que hace tanto como que le asesinaron, el pueblo, le reconoce como "Romero de América". La santidad la reconoce el pueblo, no la conceden unos papeles o intereses poderosos.
En fin que con esa preciosa y oportuna excusa voy a conocer ese pequeño país. Y, sobre todo, a dejarme empapar de todo aquel raudal de lucha, martirio y fiesta que vivió, y vive, el pueblo salvadoreño. Los espacios, junto al encuentro con las personas, nos vinculan con la historia. En este caso, para mí, de vida, lucha y liberación.
Y en los preparativo conocí a la "niña Juanita". Mujer salvadoreñoa, enjuta de más de ochenta años que acompañó -los pocos años que le permitieron vivir como arzobispo de San Salvador- a Romero siendo este arzobispo. Ella, como tantas otras testigos de la vida de Romero y de las atroces muertes cometidas por el gobierno de aquellos días, tuvo que exiliarse -en este caso a España- con su familia para evitar lo que seguro habría sido, como la de su hijo, una muerte anunciada y seguida a tantas cuantas hubo tras el asesinato de Romero de América.
Esas manos que sostuvieron tanta vida y tanta lucha, hoy arrugadas y atadas al bastón, siguen irradiando ilusión por la vida, denunciando esos escuadrones de muerte que desolan pueblos y esos encuentros empeñados en anunciar lo Bueno y Nuevo a quienes sólo reciben desprecio y ninguneo por los poderes establecidos.
En marcha, dejándome empapar....

domingo, 13 de noviembre de 2011

... súbita

Son las siete y media de la madrugada, para ser domingo, cuando suena la voz temblorosa de Jorge. Minutos después estamos corriendo camino del gallinero. Un bebe, de seis meses, ha fallecido. Los vecinos rumanos llaman desesperadamente a los teléfonos de todos "veni, veni, bebe morto".
La furgoneta, achacosa y fría, enfila la carretera de valencia a tal velocidad que tengo la sensación de que las llantas no tocan el alquitrán. La carretera despejada se me hace eterna. Sin coches, Madrid amaneciendo y el sol de cara saliendo por el este.
Llegamos y nos encontramos el trágico cuadro. Montón de coches policiales, un furgón del samur y -como canta sabina y es habitual en el gallinero- "mucha, mucha policía". Secretas, uniformados, municipales, educados, maleducados... hay de todos los colores policiales.
cordón en la puerta de entrada chabola
Nos acercamos a la chabola y el corro de familias rodea el cordón policial que los agentes han impuesto alrededor de la puerta de la chabola. Los gritos del padre, dentro de la chabola con el cadáver de su bebe, parten el alama como una daga afilada. La madre, sin consuelo alguno, deja caer un alarido de dolor in-contenido. Los niños revolotean tras el cordón, los vecinos nos inquieren qué ocurre dentro de la chabola. El agente que parece estar al cargo de tanto policía -es el único que lleva el laurel del hombro rodeado de un marco- nos permite la entrada.
La fotografía, dentro de la chabola, es desoladora. Los jóvenes padres se acercan al cadáver de su criatura, en la cuna, como dormido, pretendiendo exhalar la esperanza posible para intentar devolver la vida a su pequeño retoño. Los médicos ya han certificado la muerte. Los psicólogos del samur proceden acertadamente saliendo de la chabola: nadie les reconoce, no les han llamado. Incluso en este momento tan delicadamente privado los servicios sociales les imponen "su ayuda". No se preocuparon de proveer vivienda, ni alimentos, ni trabajo, ni desayunos, ni ropa, ni... pero ahora envían a unos profesionales que imponen su atención.
Afuera la mañana va levantando y el grupo de arremolinados detrás del cordón policial va aumentando. Los vecinos lejanos van conociendo la luctuosa noticia y se acercan. La solidaridad y el dolor se apoderan del campamento, así como la sordidez de la pobreza y la miseria les tiene atrapados.
Llegan más policías. El morbo también les atrae. Van pasando, como escaparate de ofertas, a ver la pobreza muerta. El despojo de nuestra sociedad mostrado sin ningún pudor. Curiosamente, algunos agentes, se alteran y alarman cuando los móviles comienzan a hacer su aparición con el fin de fotografiar el cadáver de la criatura. Claro que nos llama la atención, pero es su cultura. Sus formas de mostrar respeto y condolencias no se parecen a las nuestras. Pero son  las suyas y, por tanto, absolutamente respetables.
Aparece el médico forense. Los vecinos, como títeres convidados ante "las autoridades", abren un pasillo silencioso para que este profesional certifique la muerte. Efectivamente: muerte súbita. El médico reconoce lo bien hidratado, cuidado y limpio que está el bebé, ya cadáver.
Sin dar siquiera el pésame a los papas -la gente importante llega, dictamina, decide y se marcha-. No entiende, esta gente importante, de historias humanas. Debió pensar que esa criatura muerta, a quien reconoció, había sido cuidada por un meteorito. Que no tenía padres o hermanos doloridos. Así es esta gente importante, tan fríos, tan distantes que su misma forma de actuar revela su indignidad.
La espera se hace cansina. Los gritos de dolor aparecen, entre los vecinos y familiares, cuando menos lo esperas. Las correrías de los niños se mezcla con el enfado de los agentes por traspasar el cordón. El furgón del mortuorio se hace esperar. El tiempo parece haberse detenido y los dolores prolongarse. La extenuación de la joven madre parece no finalizar.
Llega el furgón judicial. El silencio es atronador. Se hace un pasillo para que los trabajadores de la funeraria puedan subir el pequeño terraplén con su camilla. Los padres y abuelos están dentro. Los gritos de dolor no tiene resuello. La tensión dentro de la chabola se contagia a toda la vecindad. Los niños lloran, las mujeres de tiran del pelo y los hombres se sacuden fueres golpes en el pecho.
Sacan la camilla. Que catre tan grande para un pequeño cuerpo envuelto en una sábana. El joven padre no sabe qué hacer y se daña, grita y se golpea violentamente el pecho. La madre atendida por otras hermanas y familiares parece desvanecerse ¿cuánto dolor?
En silencio, en un pasillo amistoso abierto por la vecindad, resonando los gritos de dolor de los jóvenes padres, marcha el furgón. En un grito, que conforman una letanía, los vecinos y familiares han rodeado a los padres y abuelos. La pena se apodera del poblado. La vida, de este pequeño, apagada prematuramente sobrevuela a los otros jóvenes padres que tienen hijos de la misma edad. ¿Será el dios, se pregunta uno?
El primo, que no llega a cumplir 10 años, nos lanza una mirada desgarradora y afirma con tragedia inocente "tengo mucha pena". El hermano mayor del finado, que no alcanza los cuatro años, revolotea llorando sin saber muy bien de qué mano asirse.
Nos marchamos. Es difícil decir nada. Las víctima son un rayo en la primavera de la vida. La muerte de un niño es un nubarrón en la historia. El fallecimiento de un niño pobre es volver a reescribir la pregunta que que lanzaron los incrédulos ciegos a Jesús: ¿cuando te vimos?

sábado, 11 de diciembre de 2010

Retorno

Amanece la ciudad entre tinieblas. La niebla ha venido y todo parece tener un color fantasmal. Sin embargo, los fantasmas peligrosos no son los que parecen dibujar los árboles de la calle, cuanto aquellos que parecen impedir a algunas personas poder diseñar su propio futuro.
Ayer por la mañana despedíamos, con el corazón atenazado de emoción, a esa pareja de rumanos que durante más de un mes ha okupado el comedor de San Carlos. Vinieron porque el Ayuntamiento de Madrid -cuyo alcalde brindaba esos mismo días el consistorio a la virgen de la Almundena- ordenó derribar su casa sin darles otra alternativa que la puñetera calle.
Esta pareja había venido a nuestro país hacía más de ocho meses buscando alguna alternativa para poder alimentar a los ocho hijos que habían dejado en Rumanía, su país de origen. Hijos entre 20 y 4 años que vivían al cuidado de un hermano en una chabola de una ciudad cercana a Bucarest.
Pues el pasado jueves les llaman para decirles que el tío ha sido arrestado por coger leña para el fuego y que las otras siete criaturas han quedado al cuidado de... no se sabe bien de quién. El hecho es que los dos más pequeños, de 4 y 6 añitos, han tenido que ser hospitalizados con hipotermia y la situación es delicada.
Hay que ver que lagrimones les corren a la joven pareja de padres, él 32 y ella 36 años, mientras nos cuentan la situación y desesperadamente solicitan, con dolor y vergüenza: ¿qué podemos hacer?.
Inmediatamente buscamos dinero, billetes de autobús y ropa. Mucha ropa. La sensación de fracaso "vital" les asalta en cada mirada y gesto. Las pocas palabras en castellano que saben se tropiezan con las lágrimas, la emoción y la decepción. Sólo atinan a dar las gracias. Los maletones de ropa se van agrandando con las lógicas dificultades de poderlos llevar en el autobús. Viaje que tardará tres días en llegar a la capital rumana más otro tanto hasta poder recorrer los 300km que separan su ciudad de esta.
La joven madre, después de recorrer chinos de ropa con nuestras madres, en medio del dolor y el desengaño por un viaje a España frustrado en sus pretensiones, sólo acierta a decir "mis hijos nunca tuvieron tanta ropa y tan nueva".
Embarcan, las maletas llenas de ropa, el bolsillo con los pocos euros que hemos podido conseguir, los lagrimales purisimos de tanto llorar y el corazón hecho añicos ante tanta adversidad. Cuanto dolor es capaz de soportar el ser humano?
Al fondo de casa suena el "dime niño de quién eres..." y entre villancicos y recuerdos me asalta la respuesta: son nuestros, de quienes hemos tenido la suerte de saber de su historia, compartir retazos de su vida e intentar consolar esa congoja que supone volver a casa sin un duro ni un futuro que ofrecer.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Затвор

Por fin, esta misma mañana, tras dejar atrás el pozo minero de Bobov Dol, en Bulgaria, hemos encontrado la prisión donde se encuentra preso Boris. La impresión al llegar ha sido de lo más siniestra.
El viaje, facilitado por un funcionario de la embajada española en Bulgaria, ha sido un sorteo de carreteras secundarias, en muy mal estado, atravesando pueblos pequeños cuya sensación era de abandono y pobreza. Cuando llegamos a Bobov
Dol, los edificios -viejos y cochambrosos- se alinean en una estampa típica de las construcciones urbanísticas de cualquier dictadura. Grandes edificios enjambres, en calles destartaladas, muchas de ellas de arena y, sobre todo nos ha llamado la atención, la cantidad de hombres en la calle con una actitud irremediablemente ociosa.
Cuando llegamos a la puerta como en todos los presidios nos topamos con el policía, tras el cristal blindado, que nos requiere los papeles de autorización. Como es habitual en este tipo de profesionales, los lee, por un lado, por otro, nos mira, se extraña, pone cara de circunstancias, niega con la cabeza, y tras un rato largo, decide hacer lo que, entiendo podía haber hecho al comienzo si no tenia ni idea de cuál era el asunto y quienes eramos nosotros: coge el teléfono y llama a su superior. Efectivamente la documentación estaba en regla, el trabajo mediado por el funcionario de la embajada ha sido estupendo y nos hacen entrar. Importante es señalar que todo esta larga espera ha sido más fácil al utilizar de traductor al conductor facilitado por la embajada que además de llevarnos al lugar, ha hecho las funciones de introducción y orientación. También a él le han invitado a entrar en la visita y acompañarnos.
Nos llevan a un despacho, pequeño y antiguo, donde se procederá a la entrevista. La señorita que trabaja en dicho lugar nos ofrece un café o un refresco. Declinamos la incitación. Expectantes por abrazar a Boris, aparece custodiado por un policía, el director en funciones de la cárcel y el capellán ortodoxo. Hombre simpático y, según el mismo Boris, cercano.
El muchacho llega muy nervioso y tenso. Tras el cálido saludo y el abrazo entrañable tomamos asiento acompañados por el capellán y la señora trabajadora. Le encuentro muy ansioso, tremendamente contrariado con tener que volver a estar en Bulgaria. De hecho su rechazo al país es verbalmente muy violento. Pregunta por todos los de casa. Le entregamos las cartas que estos escribieron, la ropa nueva y comenzamos a relatarle todos aquellos que le mandan saludos.
Nos cuenta su vida ahí dentro: en 6 meses aún no le han notificado la sentencia, comparte la celda con otros 12 tocando a un metro cuadrado por ocupante, sólo tienen 45 minutos al día de patio, sopa de desayuno, comida y cena, actividades inexistentes, gimnasio dos días en semana, igual que la ducha que ¡sólo! pueden hacer uso de ella un par de días a la semana.
En fin está muy desesperado. La condena, y él mismo reitera que se ha pasado media vida preso en esa cárcel, se le está haciendo muy cuesta arriba. sigue sin consumir, le siguen clasificando como muy peligroso. Está realmente angustiado.
Todo lo anterior nos lo cuenta aunque ya le habían advertido, días atrás cuando se autorizó nuestra visita, que no contase cosas malas de dicha cárcel. En ese despacho continuamente entran y salen personas ajenas a nosotros. Se entremezcla el idioma búlgaro con el castellano.
Se abre la puerta, han pasado cincuenta minutos y el director dice que ya tiene que acabar la visita. Nos volvemos a fundir en un abrazo. Los lagrimales se ponen a trabajar cuando Boris se despide diciéndonos "nos vemos dentro de un año". El estómago se hace un nudo. El policía se le lleva con las ropas que le trajimos y, a nosotros, el cura ortodoxo nos invita a comer en la cantina de la cárcel. Sin estar mala la carne que nos sirven el contexto hace que la comida sea rápida, silenciosa y que deseemos salir de ese lugar cuanto antes.
Montamos en el coche y el aire que entra por las ventanas es la única solución transitoria que el cumulo de pena que llevamos alivia. Y entonces nos preguntamos ¿ha sido bueno venir a verle? ¿le ayudará a sobre llevar el tiempo que le quede? ¿no le habremos creado más ansiedad y angustia?...
Bobov Dol queda atrás, el lamento de Boris "me voy a volver loco aquí dentro" rechina mas en nuestro interior que las pobres ruedas del vehículo sorteando la carretera agujereada.
Al fondo se ve Sofia, culminada por las cúpulas doradas de las iglesias ortodoxas, de la preciosa mezquita y de la singular sinagoga judía. Y como en esta ciudad, todas las religiones son protagonistas, así esperamos que muy pronto podamos volver a compartir la mesa de casa tantos otros protagonistas, tan distintos, con tanto fondo común.

A Marichu, in memoriam, compañera infatigable de viajes, prisiones y libertades.

miércoles, 22 de julio de 2009

Justicia en "coma"

Acabo de llegar de la calurosa y turística plaza de Jacinto Benavente, en Madrid, junto a la puerta del nuevo registro del Ministerio de Justicia. Aquí llevan viviendo 35 días la parte dolorosa de una familia que hace 20 años, al someterse el hijo Antonio a una cirugía plástica de la nariz quedó, posiblemente por un fallo médico, en "coma vigil irreversible".
Desde entonces sus padres han permanecido, tan quietos como el hijo en la cama, junto a su inmóvil vástago moviéndose únicamente con el fin de solicitar Justicia en un país, dice una cansada madre Juana, que pensaba la ejercía.
Si bien el primer Juez les dio la razón e intentó mitigar semejante dolor condenando a las aseguradoras de los médicos y la clínica; estos, sabiendo de triquiñuelas jurídicas y desalmados del todo, recurrieron y se encuentran con una justicia que donde dijo una cosa, después dice su contrario.
Como bien explica Juana, con los mismos documentos un Juez ve una cosa y otros la contraria. ¿No habrá que inhabilitar al primer Juez que les dio razón? En fin, siguen luchando por lo que entienden es suyo llegando al Tribunal de Estrasburgo. Este magno tribunal ni siquiera les recibe poniendo fin -por el momento- a su lucha judicial y confirmando la sentencia del Tribunal Supremo Español que se despachó con una condena de 400.000€ (sí, si habéis leído bien: cuatrocientos mil Euros) a dicha familia.
Los monstruos de las Aseguradoras pueden más que la razón de las víctimas. En este caso Antonio y sus aguerridos padres.
La madre comenta que nadie "de los importantes" ha pasado por su nueva casa. Pero que sí se ha visto muy visitada por gentes anónimas que muestran su perplejidad y consternación al encontrarse, en medio de este Madrid veraniego, a un joven de 41 años tendido en un colchón, dentro de una tienda de campaña.
Como siempre, así lo dice Juana, asalta el milagro de la fraternidad: el quiosquero del puesto de periódicos les cede un cable para la luz. Pero claro, este obrero de la camaradería marcha de vacaciones. Ella, cuenta orgullosa, ya ha presentado una solicitud al Ayuntamiento de Madrid para que autoricen el enganche a una farola. Pero, ya les adelantan, lo ven difícil porque las farolas llevan energía de "bien público".
En estos momentos esta es una grave angustia: Antonio, su hijo vegetal hace 20 años, tiene difícil su permanencia ahí si no consiguen corriente para alimentar el pequeño ventilador que suaviza las calurosas horas a las puertas del Organismo Público.
No piden nada. Están a la espera de nueva documentación que otro obrero del compañerismo -esta vez letrado- anda reuniendo para volver a insistir ante los tribunales de ¿Justicia? que a Antonio una mala praxis médica dejó en coma vigil irrversible hace 20 años.

lunes, 30 de marzo de 2009

Derechos Humanos en la Frontera SUR 2008

Acaban de presentar, los buenos amigos y amigas de Derechos Humanos de Andalucía, el informe-dossier sobre la inmigración que viene por el sur del estado. Estudio que nos invita a mirar la realidad más allá de ciertos acontecimientos pequeños. Podéis verlo en http://www.apdha.org/index.php?option=com_content&task=view&id=606&Itemid=45
La realidad de la inmigración se nos impone hoy como arel donde traspasar los valores éticos de la sociedad y nuestra propia conciencia ciudadana.
Estuvimos esta tarde junto a Jorge, amigo y maestro en el compromiso con los pequeños desvalidos, visitando a dos de ellos en la cárcel de niños y niñas Teresa de Calcuta (pobre mujer, utilizar su nombre en semejante presidio) en el madrileño pueblo de Brea de Tajo. Uno español y otro marroquí. Sahariano, apuntilló el pequeño.
Además de las circunstancias personales -acusado de haber robado a su colega de fatigas 10€- y estructurales -purita prisión-; hay condicionamientos que necesariamente hacen que incluso la privación de libertad sea profundamente diferente.
En el primer niño las dificultades pueden ser compartidas, rebatidas, explicadas. La comunicación es posible. Las tradiciones culturales son semejantes. Hay "claves" vitales que nos vinculan, que nos pueden acercar.
En el segundo niño las dificultades son extremas. El idioma se impone como una barrera infranqueable. Es laborioso entenderse. Mucho hacernos entender. Los parámetros de comunicación y diálogo son profusamente complicados. El lacerante recuerdo de su familia se presenta continuamente como cuchillada silenciosa interminable. El horizonte de haber llegado "al dorado", donde sus ilusiones y las de su familia pudieran verse colmadas, se transmutan en una castración de aspiraciones y sueños.
Complicidad con estos seres humanos que viven como impuesto el efecto huida: del hambre, la miseria, el dolor, la soledad... y acogida y cuidado de los que nos llegan, porque aquí si hay quien viva.