Acabo
de salir del hospital público de Vallecas, de visitar a un hombre que, a sus 62
años, lleva más de 11 meses viviendo en la calle. Una infección en la pierna
-que la puso como una bota- acaba con él en el hospital.
Más allá de la situación sanitaria y de su pierna impedida, está encantado. Habitación
amplia, con cama, sofá y sillón reclinable. Con el calor que nos azota, me
confiesa, está fenomenal en esa magnifica habitación con aire acondicionado y
baño particular. Enfatiza que puede ducharse todos los días, aunque él es de
los que acuden diariamente a la parroquia en busca de la precaria ducha que
podemos ofrecerle.
Lo que me lleva a pensar en qué sociedad tan abyecta hemos creado que para
vivir con dignidad haya que estar -enfermo- ingresado en un hospital. Su casa
estos últimos meses ha sido la calle. Un banco de un parque por camastro y el
cielo por techo… Para mi tocayo todo es agradecimiento a la sanidad pública que
tantas y tantos quieren cargarse: ¿será la paradoja de esa vocación que muchos
tienen en extinguir la vida de los otros?