Sí, tan pequeño y ya fugado. ¡Que barbaridad ¿verdad?!
Resulta que este niño, que lleva en España cerca de dos años es un "trasto". Pero la naturaleza de ser trasto a esa corta edad en alguno de los centros de protección de nuestro país, tiene una significación terrible: si algunos entendemos que su comportamiento es fruto de las carencias lógicas que tiene el haber salido tan pequeño de su entorno familiar, estos sátrapas de la educación [algunos educadores de centros de protección de menores] entienden que su comportamiento tiene unas raíces puramente psíquicas y de ahí la cantidad de fármacos con los que le tenían dopado habitualmente.
Junto a tanto desmán "interventivo" aparecen esos maestros de la conducta y la educación que empatizan con la criatura, entienden sus necesidades, le acogen en sus vidas y ¡plaf! colaboran en parar semejante despropósito farmacológico. Junto a ellos, acudimos con la criatura al psiquiatra -una vez fuera del centro ya- y este retira toda medicación "sedante" y nos aconseja, para la rehabilitación de este manojillo de pulsiones, mucho deporte, mucho cariño y pasarlo bien.
Y ahí nos vemos. Conviviendo con un niño de 12 añitos entre nosotros; algunos ya talludos. Pues dicha semana ha sido una verdadera maravilla. Una experiencia de encuentro, refresco y responsabilidad generada entre todos los de casa verdaderamente espectacular.
No hemos observado en las conductas del niño ningún tipo de desvarío más allá de las propias de una criatura de once años y con muchos de ellos en la calle teniéndose que buscar la vida y, en ellos, una fuerte época de consumo de cola de zapatero. Tampoco, que parecían advertir los responsables del centro de protección, ningún rechazo de límites ni negación a las normas.
Pues bien, a esta criatura, dichos responsables la pretenden enviar al centro Picón, de la empresa O'Belén, en Madrid. Dicho centro se ha convertido en la panacea para todos los niños madrileños a los que algunos educadores de centros de protección no entienden o no quieren entender. Ahí, como cajón de desastre, envían a los pequeños "trastos". Tienen asegurado que en dicho centro estarán bien dopados y drogados. Que las molestias serán mínimas. Que lo educativo quedará en la calle, a la puerta de la entrada, hasta que el menor consiga deshacerse de esa panda de clientes de la farmacología psiquiátrica.
A nuestro pequeño lo quieren llevar a ese siniestro lugar. Y además sin el concurso de la psicóloga del centro que desaconseja dicho traslado. Y sin la anuencia de algunos educadores que están empeñados en que el pequeño pueda vivir con dignidad. Y además si nuestra colaboración, ya que hemos comprobado como con cariño, acogida y cuidado somos capaces de generar unas relaciones de apoyo y crecimiento espectaculares.
Me sigo preguntando ¿qué intereses bastardos ocupan a quienes tiene tanto empeño en drogar y destruir a los más pequeños de nuestra sociedad? ¿tanto nos cuesta aceptar nuestras limitaciones de adultos y abajarnos al nivel necesario de los niños para mirarnos a los ojos? ¿es imposible articular otro tipo de "protección" que no deje inermes a estos chiquillos ante una institución prepotente y carente de humanidad?
Lo que comenzó como un hecho vergonzante -la primera noche se orinó en la cama- acabó siendo -a los tres días- una petición del propio niño para que, a media noche, lo levantase al servicio y así no volverse a orinar en sus ropas.
Una vez más el sentido común es el menos común de los sentidos cuando hablamos de niños y niñas en protección.
Resulta que este niño, que lleva en España cerca de dos años es un "trasto". Pero la naturaleza de ser trasto a esa corta edad en alguno de los centros de protección de nuestro país, tiene una significación terrible: si algunos entendemos que su comportamiento es fruto de las carencias lógicas que tiene el haber salido tan pequeño de su entorno familiar, estos sátrapas de la educación [algunos educadores de centros de protección de menores] entienden que su comportamiento tiene unas raíces puramente psíquicas y de ahí la cantidad de fármacos con los que le tenían dopado habitualmente.
Junto a tanto desmán "interventivo" aparecen esos maestros de la conducta y la educación que empatizan con la criatura, entienden sus necesidades, le acogen en sus vidas y ¡plaf! colaboran en parar semejante despropósito farmacológico. Junto a ellos, acudimos con la criatura al psiquiatra -una vez fuera del centro ya- y este retira toda medicación "sedante" y nos aconseja, para la rehabilitación de este manojillo de pulsiones, mucho deporte, mucho cariño y pasarlo bien.
Y ahí nos vemos. Conviviendo con un niño de 12 añitos entre nosotros; algunos ya talludos. Pues dicha semana ha sido una verdadera maravilla. Una experiencia de encuentro, refresco y responsabilidad generada entre todos los de casa verdaderamente espectacular.
No hemos observado en las conductas del niño ningún tipo de desvarío más allá de las propias de una criatura de once años y con muchos de ellos en la calle teniéndose que buscar la vida y, en ellos, una fuerte época de consumo de cola de zapatero. Tampoco, que parecían advertir los responsables del centro de protección, ningún rechazo de límites ni negación a las normas.
Pues bien, a esta criatura, dichos responsables la pretenden enviar al centro Picón, de la empresa O'Belén, en Madrid. Dicho centro se ha convertido en la panacea para todos los niños madrileños a los que algunos educadores de centros de protección no entienden o no quieren entender. Ahí, como cajón de desastre, envían a los pequeños "trastos". Tienen asegurado que en dicho centro estarán bien dopados y drogados. Que las molestias serán mínimas. Que lo educativo quedará en la calle, a la puerta de la entrada, hasta que el menor consiga deshacerse de esa panda de clientes de la farmacología psiquiátrica.
A nuestro pequeño lo quieren llevar a ese siniestro lugar. Y además sin el concurso de la psicóloga del centro que desaconseja dicho traslado. Y sin la anuencia de algunos educadores que están empeñados en que el pequeño pueda vivir con dignidad. Y además si nuestra colaboración, ya que hemos comprobado como con cariño, acogida y cuidado somos capaces de generar unas relaciones de apoyo y crecimiento espectaculares.
Me sigo preguntando ¿qué intereses bastardos ocupan a quienes tiene tanto empeño en drogar y destruir a los más pequeños de nuestra sociedad? ¿tanto nos cuesta aceptar nuestras limitaciones de adultos y abajarnos al nivel necesario de los niños para mirarnos a los ojos? ¿es imposible articular otro tipo de "protección" que no deje inermes a estos chiquillos ante una institución prepotente y carente de humanidad?
Lo que comenzó como un hecho vergonzante -la primera noche se orinó en la cama- acabó siendo -a los tres días- una petición del propio niño para que, a media noche, lo levantase al servicio y así no volverse a orinar en sus ropas.
Una vez más el sentido común es el menos común de los sentidos cuando hablamos de niños y niñas en protección.