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sábado, 20 de abril de 2019

no reconstruyan Notre Dame


Acabo de llegar a casa tras participar, bajo un manto de agua, en un sencillo –y profundo- acto religioso a las puertas del CIE de Valencia. Las lecturas del Evangelio y del Corán nos han ayudado a ir adentrándonos en esa experiencia tremenda que es saber que tras el desvencijado portón azul se encuentran casi ochenta vidas de personas migrantes cuyo delito es huir de sus países y pretender vivir con dignidad en el nuestro. Eso les provoca la privación de libertad a que se les somete en semejantes (¡e ilegales¡) lugares.

Tras el canto recitado “donde hay solidaridad y Amor allí está Dios”, un grupo de muchachos y muchachas jóvenes nos invitaron a participar en el corte simbólico de una verja. El señuelo de plástico, pero el sueño: derribar tantas fronteras que maltratan y matan, en muchos lugares, a tantos seres humanos. En dicho acto, deslucido por el agua y el viento, nos hemos dado las manos creyentes religiosos y musulmanes, ateos y escépticos… todas esas manos en un deseo común: que las cruces de hoy que se llaman CIE y Mediterráneo y desahucio y exclusión e intolerancia… seamos capaces de vaciarlas de sus víctimas. Lo dicho, acto sencillo pero emotivo y lleno de empeños transformadores.
Inmediatamente, según nos alejábamos de ese lugar de dolor e injusticia, me venía a la mente una petición. Personas de Iglesia; ciudadanos y ciudadanas de bien: no gasten un duro en Notre Dame.
Me parece que sería un gesto tremendamente profético, como todos los que vivimos estos días en diferentes expresiones litúrgicas del camino al que nos invita el tal Jesús. Límpiese esa catedral para que, en lo funcional, pueda seguir dando cobijo, pero no hagamos de las piedras expresión de nuestra Fe. Habiendo tantos templos derruidos por el hambre, las migraciones, la explotación sexual… preocuparnos en reconstruir esa espléndida catedral me parece que sería lo contrario a lo que esos días santos estamos llamados a celebrar.
No gasten recursos en la reconstrucción. Hablen con los donantes y, respetando su voluntad, devuélvanles el dinero. Propónganles otras inversiones más vitales, humanizadoras y simbólicas en pos de una humanidad más humanizada y humanizadora. De lo contrario, si aceptamos esas dádivas y se invierten en oropeles y piedras estaremos alejándonos de la propuesta del dios de Jesús. Cuando con voluntad política y justa distribución de los recursos materiales existentes acabemos o aminoremos los dolores que crea tanta pobreza en nuestro mundo, entonces y sólo entonces, podremos comenzar a pensar si la estética puede estar a la misma altura que la ética.
Por Dios, no reconstruyan Notre Dame.

martes, 22 de octubre de 2013

Alejandro Solalinde

Charla en Amnistía Internacional
Tuve, esta tarde y por casi 45 minutos, la oportunidad de conocer personalmente a Alejandro, el padre Solalinde como popularmente se le conoce. Gracias a la gente buena de Amnistía Internacional y al entrañable amigo Nico Castellano, he podido conocer a una persona que, además de gran creyente, es un auténtico profeta actual para el género humano.
Más alla de la sencillez de sus gestos, me ha conmovido que es de esas personas junto a quien el tiempo pasa velozmente. Además uno tiene la sensación de haberle conocido hace mucho tiempo. La cercanía entrañable debe provocar estas magias.
Hablamos de los que hacemos. Sobre la inmigración. Esa suerte de correrías que los pobres tienen que hacer en muchos lugares del mundo con el fin de sobrevivir. Y esta supervivencia a un alto precio. De cada 100 que intentan pasar de Centro-América a la gran América, sólo llegan 30 y la mayoría de estos son devueltos. La otra cifra -da miedo reconocerlo- forman parte de las estadística de los asesinados por las mafias, muertos en el tren o simplemente acaparan un trocito de tierra en algún cementerio o cuneta de gran país -muy corrupto, me dice- que es México.
Además de su trabajo -colaboración lo define- junto a otro montón de paisanos, es un hombre de una fe profunda. Su Obispo no le asigna ningún cargo pastroal porque él no quiere entrar en una parroquia a costa de dejar su vida en el albergue de inmigrantes. Su vida no requiere trabajo, toda ella es una militancia en pos de los Derechos Humanos y el Reino de Dios. Expresión, esta última, que continuamente brota de su boca al hablar del dolor y la esperanza desde los pobres. Dice no ser religioso ("de esos que rezan, que pasan tiempo con el rosario o dormitan con la liturgia de las horas..."), pero sí se considera una persona con profunda fe. Me corrige cuando, hablando de nuestra experiencia, denomino a alguien como "no creyente". Si lucha y se preocupa por los otros, los pobres, es profundamente creyente, aunque no sea religioso.
Repasamos nuestras pertenencias eclesiales y coincidimos totalmente. La Iglesia, confirmamos, es nuestra familia y de esta uno no se marcha nunca. Aunque no estemos de acuerdo en todo. Ilusionado con el papa Francisco, cree que tiene por delante una obra monumental para que su función y la comunión que preside sea al estilo de Jesús.
Esta Iglesia, a quien cuesta reconocer como madre -mayormente visibilizada por varones-, no siempre es sacramento. Entre otras cosas, precisamente, por esa varonilidad que rompe la igualdad del género humano. Pero, me dice con rotundidad, la "mujer", ella siempre es "sacramento". No cabe duda.
Dolido con la jerarquía eclesial, compartimos también el dolor y desolación por esos silencios clamorosos ante los derechos pisoteados y vapuleados continuamente de los más pobres. Últimamente de los migrantes.
Después, en la conferencia pública, ante la pregunta de un jóven: "¿qué podemos hacer por colaborar con usted en México?", ha contestado categóricamente: "ayuden a los inmigrantes de lavapies, el estrecho o Lampedusa".
Realmente ha sido un encuentro sorprendente y refrescante de esa mística de la que el pasado domingo, en la celebración en San Carlos Borromeo hablábamos: mirar profundamente la realidad, anteponiendo a todo la persona, el respeto al otro, incluso a quien pueda sentirse nuestro enemigo.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Pintarnos la cara...

Nos recordaba esta mañana el amigo Manolo en la celebración de San Carlos que en Guinea le contaron unos paisanos cómo preparaban las fiestas de los "reyes majos". Resulta que como son todos negros lo que hacen es que, dos de ellos, se pintan la cara y manos de color blanco. Así, contaba él, los reyes eran igual a los de todos los sitios.
Esta anécdota venía a cuento de la celebración que hemos tenido hoy en San Carlos. Distintas personas presentes han ido comentando cómo se celebra en sus distintos lugares de origen estas fiestas navideñas. Desde Perú al fondo de Chile, pasando por Honduras, llegando a México y saltando a las vueltas que dan al templo en el rito ortodoxo de Bulgaria o la inexistencia de estas fiestas en Gambia, donde la mayoría son musulmanes. Así han ido relatando sus recuerdos y añoranzas de donde tuvieron que salir. Que emoción, como nos decía una llorosa Carmen, al sentir que en nuestra celebración hay tantas personas de lugares tan distintos y distantes, vinculadas por aquel acontecimiento, insignificante y a la vez revolucionario, que fue el nacimiento de Jesús. Este privilegio que vivimos nos hace extrañarnos al comprobar cómo, en muchos lugares de nuestra sociedad y nuestra iglesia, la diferencia y la extranjería, se viven más como una dificultad o agresión que como un hecho enriquecedor y un reto a nuestro existir.
Celebrar esa diversidad es lo que nos vincula con situaciones distantes pero que nos llaman como realidades a tener presentes y a intentar, en la medida de nuestras posibilidades, extirpar de la faz de la tierra. Así comenzamos nuestra celebración recordando la tragedia vivida ayer tarde en la plaza Tahrir, en el Cairo, Egipto. Espeluznates las imágenes que tenemos de dichos sucesos, y más aún cuando nos vendieron que la caída de Hosni Mubarak, traería la democracia y libertad. Así también recordamos esa situación grave y desoladora que viven muchas de las personas con problemas de drogas en nuestra Comunidad. El gobierno Aguirre ha decidido cerrar muchos servicios de atención, quedando muchas de estas personas en la calle sin otra alternativa de supervivencia que el delito o la propia extinción. Pero a estos políticos les da igual, ellos siguen llenando y llenando sus cuentas a cuenta de la pobreza ajena.
Pues con estas realidades cercanas y lejanas ha ido transcurriendo nuestra celebración. Celebración de la navidad que adelantábamos al tener el templo prácticamente lleno ya de juguetes para la fiesta infantil del próximo día 5 de Enero. El Evangelio que hoy nos llama a estar alegres y no tener miedo se ha ido convirtiendo, con los comentarios de unos y otros, en una invitación a tener Fe. Fe en las personas, en cada uno de nosotros y nosotras como nos dice la Buena Noticia de Jesús. Esa Fe que hemos descubierto como lo contrario, precisamente, del miedo. No es pues el ateísmo lo contrario a la Fe. Es el miedo lo que nos aleja y distancia de los otros, de nosotros mismos.
La Fe que nos trae la alegría. Esa alegría de que aquello que parece imposible a los ojos de muchos, del sistema capitalista, es posible cuando vivimos desde la solidaridad, la compasión y la lucha. Por eso mismo experimentamos que la frontera entre lo profano y lo sagrado ha sido derribada. El ser humano, el hombre y la mujer violentada, empobrecida, empequeñecida son los auténticos templos donde aquello que nominamos Dios habita.
Por todo esto nuestra celebración de hoy, en el mismo espacio físico, compartía lugar con los juguetes, el portalico de belén, los muchachos buscados por la policía, la madre desconsolada por la muerte de su joven hijo y la comida y bebida que hemos ido, unos y otras, aportando para la fiesta con la que hemos celebrado la navidad.
Si al inicio del comentario al Evangelio algunos tenían dudas acerca del significado "virginal" del relato, al finalizar sobrevolaba la certeza de que todos y todas tenemos capacidad suficiente, más allá del género o la edad, de concebir vida, libertad y esperanza.
FELIZ NAVIDAD¡¡¡¡

martes, 2 de agosto de 2011

Sol Desalojada.

Recordaba esta mañana, cuando me entero del desalojo del puesto de información del 15M en Sol, de aquel relato evangélico en el que los hombres y mujeres amigas de Jesús se dirigen al sepulcro, donde había sido enterrado, y se encuentran el mismo vacío y sólo las vendas arrinconadas en el suelo.
Lo que SOL significa ya es evidente. No hay cuestionamiento posible. Igual que el sepulcro vacío es para los creyentes el símbolo de la lucha, la experiencia de seguir dando vida, el grito unánime de la FE, la puerta del SOL será -siempre que pretendamos revitalizar aquello que ahí se vivió- el símbolo desde el que seguir reivindicando una vida social más honesta, una honradez política cierta y una organización del sistema que nos gobierna más preocupado en hacer justicia que en atesorar para aquellos que nadan en la abundancia.
Si lo contrario a la FE es el miedo hemos vivido que éste puede ser vencido si nos vinculamos desde la preocupación por los otros y por los otros más vulnerables.
Hacer de SOL un lugar de peregrinaje hubiera sido falsear aquellas marchas que nos alumbraron la necesidad de organizarnos para trabajar por una sociedad más justa.
En la plaza de SOL, como aquellas del sepulcro, siempre quedara el sudario de aquello que estando muerto hemos sido capaces de revitalizar. Sólo la unión con aquellos que buscan una sociedad solidaria, hará posible que lo vivido en la plaza de sol no se quede en un mito sino que sea una continua apuesta por trabajar por la solidaridad contra el miedo.