Quisiera, en esta mañana primaveral, ser capaz de volcar en este blog toda la rabia que tengo acumulada. Volcarla será mas liviano que el daño que las personas somos capaces de hacer cuando nos acorralan, maltratan y persiguen.
Acaba de marchar, a otra ciudad con unos amigos, el más joven de casa. 20 años, marroquí menudo que estuvo años tutelado por la Comunidad de Madrid, posteriormente repatriado y, gracias al tesón y la valentía, desde hace meses nuevamente entre nosotros.
Tiene que volver a salir de esta su casa por la persecución policial a la que se encuentra sometido. Si, si. Esa persecución que continuamente niegan nuestros prebostes políticos.
No acabo de entender -por tanto no puedo aceptar- qué peligro a la seguridad interna, a las bolsas de empleo, a la economía nacional, representa un jovenzuelo que lo más que busca es trabajo para vivir con dignidad. Esa dignidad negada en su tierra de origen y que fue, su búsqueda, la que le trae continuamente a nosotros.
Pobre hombre. Pensó que en Europa eran verdad aquellos valores de solidaridad, seguridad y acogida que siempre ofrecemos para denostar a quienes llamamos "países pobres" o en "vías de desarrollo".
Y lo tremendo de esta pertinaz persecución -el domingo pasado volvieron a venir los representantes del orden social: la policía- es la desazón que provoca en quienes con él convivimos y el miedo casado con la rabia que se va apoderando de él.
Otro cambio de casa, de familia, de ambiente... Nuevamente comenzar a creer que el futuro será más halagüeño. Volver a intentar hacer amigos, conocer los sitios de fiesta, el lugar donde los "ilegales" pueden jugar al futbol. Otra vez planificar el camino de vuelta a casa intuyendo dónde no se colocan "los maderos" que le puedan identificar.
Hay que ver qué muestra de cordura querer comenzar de nuevo. Volver a levantarse -aunque eso signifique una nueva salida de su casa- para seguir buscando esa tierra prometida que anunciamos en televisión y en la publicidad que es la vieja Europa.
No sé si soy capaz de expresar lo jodido que me he quedado. Si fuera posible hablar con aquellos que persiguen. Con aquellos que hacen leyes inhumanas. Con quienes mandan subir más y más metros la altura de nuestras fronteras.
He aprendido, junto a estos marginales del bienestar, que la rabia en sí misma no vale para nada. Sólo tiene sentido, la rabia que siento y acumulo, cuando somos capaces -juntos- de transformarla en lucha, creatividad y hospitalidad.
Y por contentarnos para mitigar la angustia del momento, nos queda pensar que la familia amplia que vamos formando tiene otro nuevo lugar donde ir a visitar a uno de los nuestros.
Acaba de marchar, a otra ciudad con unos amigos, el más joven de casa. 20 años, marroquí menudo que estuvo años tutelado por la Comunidad de Madrid, posteriormente repatriado y, gracias al tesón y la valentía, desde hace meses nuevamente entre nosotros.
Tiene que volver a salir de esta su casa por la persecución policial a la que se encuentra sometido. Si, si. Esa persecución que continuamente niegan nuestros prebostes políticos.
No acabo de entender -por tanto no puedo aceptar- qué peligro a la seguridad interna, a las bolsas de empleo, a la economía nacional, representa un jovenzuelo que lo más que busca es trabajo para vivir con dignidad. Esa dignidad negada en su tierra de origen y que fue, su búsqueda, la que le trae continuamente a nosotros.
Pobre hombre. Pensó que en Europa eran verdad aquellos valores de solidaridad, seguridad y acogida que siempre ofrecemos para denostar a quienes llamamos "países pobres" o en "vías de desarrollo".
Y lo tremendo de esta pertinaz persecución -el domingo pasado volvieron a venir los representantes del orden social: la policía- es la desazón que provoca en quienes con él convivimos y el miedo casado con la rabia que se va apoderando de él.
Otro cambio de casa, de familia, de ambiente... Nuevamente comenzar a creer que el futuro será más halagüeño. Volver a intentar hacer amigos, conocer los sitios de fiesta, el lugar donde los "ilegales" pueden jugar al futbol. Otra vez planificar el camino de vuelta a casa intuyendo dónde no se colocan "los maderos" que le puedan identificar.
Hay que ver qué muestra de cordura querer comenzar de nuevo. Volver a levantarse -aunque eso signifique una nueva salida de su casa- para seguir buscando esa tierra prometida que anunciamos en televisión y en la publicidad que es la vieja Europa.
No sé si soy capaz de expresar lo jodido que me he quedado. Si fuera posible hablar con aquellos que persiguen. Con aquellos que hacen leyes inhumanas. Con quienes mandan subir más y más metros la altura de nuestras fronteras.
He aprendido, junto a estos marginales del bienestar, que la rabia en sí misma no vale para nada. Sólo tiene sentido, la rabia que siento y acumulo, cuando somos capaces -juntos- de transformarla en lucha, creatividad y hospitalidad.
Y por contentarnos para mitigar la angustia del momento, nos queda pensar que la familia amplia que vamos formando tiene otro nuevo lugar donde ir a visitar a uno de los nuestros.