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lunes, 12 de septiembre de 2016

la mirada....

Hay imágenes que muestran la realidad, que sobrecogen de manera irrenunciable. Así como que te “atrapa la realidad”.
Creo que estoy en un punto –no sé muy bien de dónde nace- en el que ir cargando con una maquina de fotos se ha convertido en una especie de adicción. Cuando voy a salir de casa hay tres palpaciones sobre mi cuerpo que se repiten rutinariamente: la cartera, el móvil y la máquina de fotos… Lo apunto y si alguna amiga o algún enemigo logra desentrañar semejante cosa pues que me advierta si estoy en peligro… Gracias.
Pues en esas estaba esta mañana cuando veo aparecer, a lo lejos, al buen vecino del gallinero que se traslada en silla de ruedas. La calle –única- asfaltada del poblado es recorrida por este buen hombre, hacia la parada del autobús, de espaldas a la misma. Está tan impedido que avanzar de espaldas al lugar de llegada se torna más fácil al poder ir empujándose con los pies… Su posibilidad de subsistir depende de la limosna que consiga. Me acerco a él, lo saludo (siempre me incomoda su continuo agradecimiento …) y le pregunto dónde va y, sobre todo teniendo en cuenta que la parada de autobús es la penúltima de la línea donde se deben bajar todos los pasajeros, cómo va?:
-       “a pedir, si no, no como”.
Tengo sobre la mesa de mi escritorio un libro que estoy deseando poder leer: Misericordia, caridad y justicia social, de José Ignacio Calleja. A ver si saco ratos… pero esa es otra historia. Pues al releer el titulo sobre la mesa y observar las fotografías en la pantalla del ordenador, no puedo menos que aturullarme de preguntas sobre ambas visiones. Cómo conciliar lo que viven muchas personas a mi alrededor y toda esa literatura –oportuna y agradable- sobre la misericordia. No es cuestión sólo, como el mismo Papa Francisco nos advierte, de hacer de la misma un concepto dogmático, progre o teórico.
Además de la silla, que ya se la proveímos el pasado verano ¿podemos hacer algo más? ¿tengo capacidad de evitarle semejante oficio diario para poder comer?... montones, de verdad, montones de interrogaciones pululan mi cabezota esta tarde.
Miro la foto –refleja su dolor y dificultades- recuerdo su continua sonrisa y agradecimiento… y vuelve a martillearme la misericordia, la caridad y la justicia.


Si alguien se le encuentra por la calle, en el metro donde mendiga, salúdele. No pido que le den dinero, eso queda en su conciencia y posibilidades… simplemente díganle que somos amigos y advertirán esa luminosidad que surge de sus claros ojos y clara mirada. Quizás, en medio de tanta teoría, pronunciamientos y buenos propósitos, acercarnos al otro vulnerable y excluido sea el principio de esa gran revolución que –entre todas- tenemos que poner en marcha para que estas malogradas e injustas situaciones dejen de existir, y quien realmente sea titular el lunes de las portadas de los diarios sea ese abnegado trabajar que, con un respeto admirable, le empuja la silla para que pueda acceder a dicho medio de transporte.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Corazonada

Es curioso como esta palabra se ha puesto tan de moda. Dice el diccionario de ella que es el "Impulso espontáneo con que alguien se mueve a ejecutar algo arriesgado y difícil".
Sin embargo, nada menos que de espontaneidad habla lo que hay detrás de este empeño desmedido en organizar unos juegos olímpicos.
Tampoco, a mi parecer, hay mucho de riesgo o dificultad en dejarse arrastrar por ese mercado tecnificado que nos dirige, orienta y cosifica en cuanto a los intereses que, en determinados momentos, hemos de tener los ciudadanos.
Hay montón de corazonadas.
De esas que suponen dejarse la vida arriesgando seguridades en favor de los más pequeños o débiles. Hay montón de personas entregadas a difíciles tareas de investigación, trabajo y ciencia que nunca verán sus trabajos como señeros de los impulsos mediáticos y políticos de turno. Cuanta gente entregando su saber por el bien común en condiciones deplorables.
También tengo corazonadas.
La de pensar que -como antaño contaba el abuelo hacían con los toros- nos quieren entretener para que no seamos conscientes de la grave crisis que atravesamos. La que pretender unir a un colectivo social dividido por la reclamación de intereses individuales. La de intentar despistarnos con fuegos de colores de una vida gris y, en ocasiones, bastante incolora para muchos.
En fin, es cierto que muchas gentes, formaciones políticas, profesionales y tantos y tantas están encandilados con esta corazonada.
Siendo prudente, me sigue convocando mucho más la corazonada de pensar que los hindúes que llevan más de dos años arrostrados en el bosque ceutí, podrán saltar a la península. O que los niños del gallinero madrileño no pasaran frío este invierno. O que los inmigrantes en camino desde el Vallés catalán llegarán a su destino mostrándonos lo mejor de la solidaridad y la acogida.
Si, tengo una corazonada... pero no coincide con la de Gallardón...

lunes, 13 de abril de 2009

Desde Barajas

Me llega carta de un chaval que está en un centro de rehabilitación.
Su vida tiene más parecido a una carretera terciaria llena de curvas y baches que a una linda autopista. Casi todo han sido tropiezo tras tropiezo. Sin medida. Cada caída un golpe más duro. Eso sí, también ha mostrado una capacidad de supervivencia admirable.
Sorprende, en la misiva recibida, la valoración tan estupenda que hace de todos nosotros. Es alentador tanta fogosidad. Y además una responsabilidad que evita encumbramientos.
Sin embargo me estremece pensar en eso que señalaba antes: la cantidad de caídas que estos chavales son capaces de tener por la maldita droga. O más que maldita droga, gran vacío existencial. Eso que estudiábamos en filosofía -y que entonces era inexplicable y aburrido- hoy, en muchas historias de chavales, se evidencia como su gran pobreza. Ante la dificultad, que por otro lado la hay y mucha, la puerta de escape sigue siendo el consumo. Y este, en extremo.
Me asalta la duda de cuándo las personas "tocamos fondo". Hay existencias tan infernales, que pareciera precisamente el fondo el lugar de vida por excelencia.
Pero también es verdad que en ocasiones, como esta que comentamos, la persona es capaz de parar, mirar hacia atrás, ver lo perdido y pretender volver a tomar su vida en sus manos. Y entonces viene el recuerdo de "aquellas cenas", "sois mi familia", "cuando fuimos de excursión...". Momentos que jalonan también una existencia tan descalabrada.
Y llega la sorpresa: cuando parecía que todo estaba perdido, hecho añicos, sin remedio... se impone esa fuerza interior -personal y comunitaria- que posibilita ser capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos y ponernos a luchar. Luchar, en primer lugar, contra nosotros mismos para poder luchar contra esas circunstancias que colaboran en el ocaso de dicha vida.
Si en su memoria quedan la "cantidad de besos" que nos ofreciamos, aunque se transiten infiernos inexpugnables, siempre queda la esperanza de asistir a verdaderos milagros en estas vidas tan tortuosas.