A media mañana de ayer, bajo una tormenta madrileña, despedimos a un buen hombre en el crematorio de la Almudena. Este hombre, fuera de cobertura hace 9 años por culpa de un derrame cerebral, se llamaba
Aquilino Ochoa Cambero. Fue cura muchos años en Madrid. Seguramente no aparecerá ninguna necrológica en los medios, mucho menos recibirá los honores que a los muertos ilustres se les realiza. Muchas veces para olvidarlos lo antes posible.
Conocí a Aqui

lino, hombre grande y entrañable donde los hubiera, en el Politécnico de San Blas. Después de mi mala experiencia en los estudios de formación profesional con los Salesianos, de cuyo instituto fui "invitado a salir", acudí a dicho instituto publico y ahí le conocí. Era el profesor de religión. Sin embargo el recuerdo que de él me queda, de aquellas épocas, eran sus largas jornadas "catequéticas" en la cafetería del instituto. Siempre rodeado de lo más granado de dicho centro formativo. Recuerdo que para mi sorpresa era el profesor -y además cura- que surtía de tabaco a los jóvenes cuyas propiedades no les permitían semejante lujo.
Años después, en ese quinto de teología en el Seminario de Madrid, me enviaron como seminarista a Vicálvaro. Fui a vivir con un lujo de curas que, en aquellos tiempos, formaban parte del equipo de vicálvaro: Luis, Evaristo, José Luis y Aquilino. Además de lo que aprendí en el trabajo parroquial, no podré olvidar nunca las comidas tan suculentas como sencillas, tan simpáticas como sinceras... tan llenas de Dios. Era Aquilino quien siempre sobresalía, no por sus dotes teológicos ni verborrea teórica, sino porque siempre apostillaba en favor de los más pobres y sencillos a los que, decía él, no siempre se comprendía en las estructuras eclesiales.
Otro retazo del ser de este hombre era su teología callejera. Recuerdo cómo, en los primeros ratos que pasábamos juntos por el barrio, sus grupos de catequesis y reflexión siempre estaban en el entorno de un bar o repostados junto a la barra de alguna taberna. Era reconocido y querido por las gentes sencillas de la calle porque era un más entre ellos. Si no perdió mucho tiempo en mostrarme los intringulis burocráticos de una parroquia, sí que derramó cariño y ánimo en aquellos años de turbulencia eclesial en Madrid, con un obispo distante y frío como era el cardenal Suquía.
Si le dolía la Iglesia, lo mal que estaba, mucho más le dolía la cantidad de jóvenes que entraban en prisión por las malditas drogas. Si era capaz de dejar hacer a aquellas mujeres empeñadas en rescatar la procesión con la Virgen por el barrio, mucho más tenaz era para defender a quienes eran perseguidos por la policía, la pobreza y la injusticia.
Pues ayer, después de una larga postración, fue su adiós. A la misma hora que los jefes del mundo y la iglesia se reunían para sus negocios en contra de los pobres, despedíamos a un hombre que -como recordaba su ya mayor amigo Santiago García Diez (otro de los curas geniales de Madrid)- fue bueno, amigo de quienes nos cruzamos en su camino y, sobre saliendo a todo ello, un retazo del dios de Jesús entre nosotros.
En una celebración sencilla y a-litúrgica, como él mismo hubiera celebrado, acabamos cantando una canción de Ricardo Cantalapiedra que, siendo seminaristas muchos de los que le despedíamos, le gustaba a Aquilino y creo que es fiel reflejo de lo que fue su vida.
No queremos a los grandes palabreros
queremos a un hombre
que se embarre con nosotros
que ría con nosotros
que beba con nosotros
el vino en la taberna
que coma en nuestra mesa
que tenga orgullo y rabia
que tenga corazón y fortaleza
los otros no interesan,
los otros no interesan
los otros no interesan.
No queremos a engañosos pregoneros
queremos a un hombre
que se acerque a nosotros
que cante con nosotros
que beba con nosotros
el vino en la taberna
que sepa nuestras penas
que tenga orgullo y rabia
que tenga corazón y fortaleza
los otros no interesan,
los otros no interesan,
los otros no interesan.