Pues esta realidad, cuya fotografía intenta mostrar, me parece que es una parábola de lo que vivimos en muchas ocasiones.
Todavía con el lagrimal húmedo por la despedida a Manolo, nos aventuramos a seguir luchando junto a tantos que necesitan y procuran, a otros, ese abrazo inmenso que llene de ánimo, paz y camaradería la existencia muchas veces, por distintas causas, truncada. Decir "hasta pronto" como el domingo le dijimos a Manolo en el crematorio, sigue siendo un hecho que -no por habitual últimamente - nos llena de sentimientos complejos y difíciles de describir. Junto a la paz sentida al verle descansar aparece la rabia por una vida joven interrumpida. Junto al sentimiento de satisfacción por lo vivido, aparece la impotencia de no haberlo podido evitar.
Todos estos sentimiento aparecen hilados junto a otro montón de experiencias que podemos vivir porque, entre unos y otros y todos juntos, hemos sido capaces de crear: la familiaridad.
Desde la amiga reconocida como madre, hasta las madres sentidas como amigas. La hija de la amiga vivida como hija propia; la abuela de muchos tenida como miembro fundamental de estas nuevas constelaciones relacionales. Así es esta familia que vamos creando. Como el agua dulce se confunde con la salada por las lluvias torrenciales y modifica el paisaje; así nuestras vidas se confunden con una lluvia torrencial de abrazos, afectos y caricias que sólo pueden avistarse desde esa creación maravillosa en la que todos hemos colaborado: esta gran familia creada.
Decir "hasta pronto" a un hijo, amigo, compañero, colega... alguien con quien se quiere, nos llena de tristeza y dolor. Pero estos -y ese es el privilegio que vivimos- vienen emparejados con la solidaridad, la esperanza y la ternura. Y esta esperanza, ternura y solidaridad nos satisface de tal modo que la vida, de cualquier forma y modo, sigue apareciendo en nuestro caminar.
Como la laguna y el mar. Siendo diferentes pueden confundirse sin dejar de ser, cada una, lo que es.