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martes, 15 de junio de 2010

Caramelos que amargan

Llevo unos días especialmente sensibilizado al marketing fundacional. Esa especie de monstruo anexado a grandes empresas que les facilita su publicitación a costa de las buenas obras. Pero es que, esta mañana, mi indignación ha sido mayúscula cuando escuché la publicidad de unas actividades de la obra social "caja madrid".
La pasada semana apareció por la parroquia una mujer. Tiene dos hijos y está separada. El marido le daba una palizas tremendas. Este, al tener una orden de alejamiento, se distanció de su mujer y de la responsabilidad para con sus dos hijos pequeños. Al estar ambos trabajando -de manera alegal, pues son extranjeros- se metieron en la compra de una vivienda. Ahora, con un sueldo que no llega a 700€ mensuales, la mujer no puede hacer frente a la maldita hipoteca. Que a fecha de hoy es como aquella amenaza de la infancia "que viene el lobo" pero con consecuencias desastrosas, como se puede comprobar a continuación.
Pues bien, esta mujer y madre, al no poder hacer frente al pago de la hipoteca y al estar su marido en la irregularidad, pues no se le puede reclamar la pensión.
El banco, ese mismo que anuncia obras sociales por doquier, les desahucia de su casa. Todo el dinero que habían invertido se esfuma, no queda nada, lo pierden todo.
Esta mujer y madre con sus dos criaturas se ve en la calle. Viene buscando apoyo para intentar evitar la situación de tener que estar huyendo con sus hijos de puente en puente o de pórtico en pórtico. El banco les dice que ellos firmaron que pagaban y como ahora no puede hacer frente a la deuda, pues a la calle. Los servicios sociales municipales la dicen que si no puede atender a los niños que los entregue a la institución tutelar. Ella desesperada llora, se bloquea, se paraliza... No sólo es la situación creada por la deuda. Es que además, tan democráticos que somos para con los ricos, todo el aparato del estado: judicial, policial... se pone al servicio de estos sátrapas para expulsar a esta mujer con sus dos niños de su casa.
Mientras, muchos otros que somos solidarios, que hacemos caridad, que buscamos el bien común entramos en el juego mezquino y terrorista de esas empresas bancarias que tanto están depredando a la ciudadanía. Y lo peor, nos dejamos engatusar -como en la fábula del león con piel de cordero- con esas obras sociales criminales que nos dan las migajas de lo que previamente han robado a los obreros y trabajadores.
No sé cuál sería la solución. Veo dos frentes a contemplar: buscar una habitación en un piso compartido para esta madre y sus don niños y hacer lo imposible para visibilizar el verdadero rostro de estas entidades financieras que, vestidas de cordero, no son más que el lobo de siempre pero con otra careta. Si alguien sabe por dónde empezar, se agradecen sugerencias.
Hay veces que los caramelos envuelven mucha hipocresía.