Pero el desahogo tiene más que ver con el cura que nos ha recibido. Sinceramente -le conocí en ese momento- me ha parecido un buen hombre, desbordado por la situación. Cuando entró en “su” capilla, en el Tanatorio, vio que había unas cuantas mujeres troceando el pan con el que participaríamos todas en la comunión, así como una botella de vino sobre el altar. Varios de la comunidad -a la que pertenecía el finado y su mujer Toñí- revoloteando en torno a la mesa, preparando las canciones y lo que se utilizaría para la celebración.
Tuve la sensación de que no acababa de entender. De echo a una mujer la preguntó si el pan que estaban partiendo era ácimo. A otra la dijo que debía confesarse. A mi me invitó a revestirme con todas las ropas curiales, cuando me acerqué a pedirle una simple estola.
En fin que su forma de celebrar la Fe, poco o nada parecía tener que ver con otras formas, en la Iglesia, de celebrar la misma Fe.
Pensaba, entonces, en qué estrechez mental nos han inculcado en los seminarios para no entender que el pan y vino compartido en la mesa común, es sacramento del Cuerpo y Sangre de Jesús. Que todo aquello que separe, incluso las vestiduras, a los curas del pueblo no acabo de ver que esté en sintonía con el Jesús de los Evangelios. Que qué maravilla ver cómo el pueblo, hombres y mujeres, preparan la mesa de la comensalidad… Esa corresponsabilidad de todo el pueblo de Dios en el anuncio de la Buena Noticia y en la celebración de la Resurrección.
En fin, que cada vez doy más gracias al Dios de la Vida, conocido y compartido en la comunidad, por dejarme desbaratar y desclericalizar.
No sé qué habrá pensado este compañero cura. Al despedirme cuando comenzábamos la celebración -él me dijo que se marchaba- y decirle en que parroquia estoy… acertó a decir las palabras con las que doy titulo a este blog….